Mi historia …
Durante muchos años hice lo que creía que tenía que hacer.
Trabajé, construí una vida, cumplí con lo esperado y aprendí a sostenerlo todo.
Desde afuera, probablemente parecía que todo estaba en su lugar.
Pero adentro algo había comenzado a cambiar.
Primero fueron pequeñas incomodidades. Preguntas que aparecían una y otra vez. Una sensación cada vez más difícil de ignorar: ¿y si la vida que estaba viviendo ya no era la vida que realmente quería vivir?
No sabía todavía hacia dónde iba.
Solo sabía que ya no podía seguir haciendo como si no escuchara esa voz.
Y entonces comenzó el viaje.
Bali · La noche oscura del Alma
Bali no estaba en mis planes.
Llegué a aquella isla casi como una escala inesperada en un viaje que creía tener otro destino.
Y entonces el mundo se detuvo.
La pandemia cerró las fronteras y, mientras afuera todo parecía desmoronarse, yo quedé allí, a miles de kilómetros de mi familia, sin saber cuándo podría regresar.
Pero la verdadera travesía recién comenzaba.
Sin viajes, sin nuevos destinos y sin posibilidad de seguir escapando hacia afuera, tuve que quedarme.
Conmigo.
Y fue entonces cuando apareció la noche oscura del alma.
Durante meses me alejé de la vida social, medité, escribí, lloré y atravesé lugares de mí misma que durante años había conseguido mantener ocupados, distraídos o en silencio.
Bali dejó de ser una escala.
Se convirtió en el lugar donde iba a mirar de frente mis heridas, mis vínculos, mis patrones, mi soledad y todo aquello que todavía necesitaba ser transformado.
2019 · El llamado
Hubo un momento en que algo dentro de mí comenzó a cambiar.
No sabía qué me estaba pasando. Solo sentía un vacío cada vez más difícil de ignorar, una sensación persistente de no encajar en la vida que estaba viviendo, como si aquella vida que durante tantos años había construido ya no me perteneciera.
No tenía respuestas. Ni siquiera sabía todavía qué pregunta estaba intentando responder.
Entonces decidí detenerme.
Me aparté de la vida social, de mis amigas, de todo aquello que habitualmente llenaba mis días. Necesitaba silencio. Necesitaba estar conmigo.
Comencé a meditar, a observarme, a escuchar esa voz interior que durante tanto tiempo había quedado tapada por el ruido de afuera.
Y un día lo supe.
Tenía que viajar.
No sabía adónde. No sabía cuánto tiempo. No sabía qué iba a encontrar.
Solo sabía que tenía que irme.
Mucho después comprendí que aquel viaje no había comenzado el día que tomé un avión. Mi alma ya lo había pactado. El camino estaba trazado desde que nací, aunque yo todavía no pudiera verlo.
Y quizás por eso, cuando finalmente escuché aquella voz interior que me decía que tenía que irme, algo dentro de mí supo que no estaba tomando una decisión cualquiera. Estaba recordando un camino que, de alguna manera, ya había sido elegido.
Fue una de las decisiones más importantes de mi vida.
El comienzo de un viaje que creí que me llevaría a conocer el mundo y que, en realidad, me llevaría al encuentro conmigo misma.
Asia · El viaje comienza
Y entonces escuché la voz de mi alma…
En 2019 dejé atrás Uruguay con una mochila y emprendí un viaje por Asia.
No tenía un mapa de todo lo que iba a vivir. No sabía cuánto tiempo estaría viajando ni todo lo que encontraría en el camino. Solo sabía que quería llegar hasta India.
Tailandia fue el comienzo.
Después llegaron Laos, Camboya, Vietnam, Malasia, Filipinas… lugares, personas y experiencias que fueron ampliando, poco a poco, mi manera de mirar el mundo y también de mirarme a mí misma.
Viajaba de un lugar a otro, aprendiendo a moverme por culturas desconocidas, a confiar en mi intuición, a soltar el control y a descubrir que muchas veces las respuestas aparecían justamente cuando dejaba de buscarlas.
Durante ese tiempo sentí, de una manera que nunca antes había experimentado, que no caminaba sola.
Durante ese tiempo sentí, de una manera que nunca antes había experimentado, que no caminaba sola.
Las señales aparecían de muchas formas: personas que llegaban en el momento justo, pequeños mensajes que parecían tener algo para decirme y, a veces, detalles casi imperceptibles.
Recuerdo encontrar plumas en lugares insólitos, como si alguien —o algo— quisiera recordarme suavemente que estaba siendo acompañada.Cada lugar iba dejando algo en mí.
Y, sin saberlo, aquellos primeros meses de viaje también me estaban preparando para lo que vendría después: Bali.
Yo creía que estaba viajando hacia India.
Todavía no sabía hacia dónde estaba viajando dentro de mí.
La isla que había llegado casi por casualidad terminó convirtiéndose en el escenario de la transformación más profunda de mi vida.
A mi niña …
No sabíamos entonces todo lo que íbamos a vivir.
No sabíamos cuántas veces íbamos a empezar de nuevo, cuánto íbamos a viajar, cuánto íbamos a aprender, cuánto íbamos a sanar. No sabíamos que íbamos a dejar atrás una vida que parecía segura para cruzar medio mundo con una mochila y descubrir, en el camino, una versión de nosotras que todavía no conocíamos.
No sabíamos cuántos países iban a convertirse en hogar, cuántas personas iban a llegar para quedarse un rato en nuestro corazón, cuántas despedidas iban a doler, cuántas veces íbamos a tener que soltar y volver a comenzar.
No sabíamos que algunos sueños iban a tardar veinte años en despertar.
Que aquello que un día parecía perdido volvería a encontrarnos.
Que un día volveríamos a posar frente a una cámara.
Que escribiríamos libros.
Que aprenderíamos a hablar de nuestra historia, a poner en palabras lo que durante tantos años había vivido en silencio dentro de nosotras.
No sabíamos que íbamos a conocer lugares que ni siquiera sabíamos pronunciar, vivir junto al mar, aprender nuevas culturas, dormir en casas prestadas, construir hogares lejos de casa, equivocarnos, enamorarnos, desenamorarnos, empezar proyectos, volver a empezar.
No sabíamos que habría días en los que nos sentiríamos completamente perdidas.
Ni que, justamente en esos días, íbamos a descubrir algunas de las partes más verdaderas de nosotras.
No sabíamos que íbamos a atravesar una noche oscura del alma.
Que habría momentos en los que no sabríamos quiénes éramos, qué queríamos ni hacia dónde iba nuestra vida.
No sabíamos que íbamos a aprender a estar solas.
Ni que después tendríamos que aprender nuevamente a estar con otros.
No sabíamos que íbamos a sanar heridas que ni siquiera sabíamos que llevábamos.
Que algún día miraríamos a mamá desde otro lugar.
Que también aprenderíamos a mirar a papá y entender cosas que durante tantos años habían dolido.
Que íbamos a descubrir que no todo lo que nos pasó estaba destinado a rompernos.
Algunas cosas vinieron a transformarnos.
Y quiero que sepas algo, pequeña:
nunca dejé de escucharte.
Aunque algunas veces me alejé de vos.
Aunque durante mucho tiempo intenté ser lo que los demás esperaban.
Aunque alguna vez pensé que crecer significaba dejar atrás a aquella niña sensible, curiosa, soñadora y llena de preguntas.
No la dejé atrás.
La llevé conmigo.
Estuvo en cada viaje.
En cada comienzo.
En cada salto al vacío.
En cada vez que elegimos la libertad.
En cada vez que dijimos “esto ya no es para mí”.
En cada vez que nos animamos a empezar de nuevo.
Y también estuvo en los libros que escribimos, en los sueños que volvieron, en las fotografías, en cada lugar que descubrimos y en cada mujer que fuimos siendo a lo largo del camino.
Hoy te miro y quiero que veas todo lo que hicimos juntas.
Mirá todo lo que hay sobre esta mesa.
Los sueños que escribiste.
Los lugares que imaginaste.
Las versiones de vos que todavía no conocías.
Algunas cosas llegaron de maneras completamente diferentes a como las soñábamos. Otras tardaron muchísimo más.
Algunas incluso aparecieron después de que pensáramos que ya era demasiado tarde.
Y quiero que recuerdes algo que quizás todavía no podías saber:
no tenías que convertirte en otra persona para merecer la vida que soñabas.
Solo tenías que atreverte a seguir siendo vos.
Hoy, tantos años después, puedo sentarme frente a vos y decirte:
Lo hicimos.
No exactamente como lo imaginábamos.
Mucho mejor.
Porque no solamente conocimos el mundo.
También nos conocimos a nosotras.
Y todavía nos queda muchísimo por vivir.
Así que seguí soñando, pequeña.
Yo me encargo del resto…
Hoy …
Después de todo ese recorrido, aquí estoy.
Soy Geraldine Quintana, escritora y mentora en Diseño Humano.
Durante muchos años busqué respuestas viajando, explorando, estudiando, atravesando procesos y entrando cada vez más profundamente en mí misma. Hoy comprendo que gran parte de ese camino no consistía en encontrar algo que me faltaba, sino en volver a escucharme.
Escribo sobre los viajes que nos cambian, las experiencias que nos sacuden y esos llamados interiores que, tarde o temprano, nos invitan a volver a nosotras mismas.
También acompaño a otras personas en sus propios procesos de autoconocimiento, para que puedan comprenderse, escuchar su propia voz y animarse a vivir de una manera más auténtica.
Y sigo viajando.
A veces hacia un lugar.
A veces hacia una parte de mí que todavía no conozco.
Y sigo escribiendo.
Porque el viaje no terminó cuando volví a casa.
Solo cambió de forma.
Lo que hoy comparto
Mis libros, el Diseño Humano y herramientas para acompañar procesos de transformación.